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No hay en la vida nada

Thursday, December 20th, 2007

Veo a Vicente, “El Granaíno” mostrar como la “cacharrería” de su casa “le habla”. El sonido de los aparatos de Vicente me resulta familiar. Mi tío José -José Pérez, el de la librería- también era ciego y esas voces sintetizadas le acompañaron los últimos años de su vida.

A diferencia de Vicente, mi tío no era ciego de nacimiento. Heredó de mi abuela Filomena una predisposición genética a ir difuminando el contorno de lo que rodeaba según pasaban los años hasta que todo quedó convertido en una mancha.

A mi abuela, nacida en otro mundo y en otra época, la ceguera le obligó a tener una “dama de compañía” de por vida. Se llamaba Torcuata García “la Tata”, que vivió en casa hasta los 99 años y que crío a alguno de mis tíos y a muchos de mis primos -de ahí lo de Tata- a los que mi abuela nunca vio el rostro. Como ella, mi tío José fue perdiendo también la vista con los años y fue un destino al que se resignó con cierto sentido del “fatalismo genético”. En La Tata mi abuela encontró compañía, la persona a la que confiar los asuntos de una inmensa casa de las de antes y su bastón para subir los escalones de la catedral de Guadix para ir cada día a misa.

Mi tío no sólo heredó de mi abuela la ceguera, también una memoria increíble y una gran afición a los clásicos. Mi tío leía y leía y recitaba de memoria todo lo leído. Retenía en su mente archivadas y ordenadas las fotografías de todas las páginas que había leído. Él se reía, lo hacía con toda naturalidad y nos recitaba para nuestra admiración a Virgilio en latín -lo hablaba como el que hoy habla inglés- o el texto de cualquier obra de nuestro paisano Pedro Antonio de Alarcón. Era una habilidad que a mi siempre me causó admiración.

Con su afición a los libros su oficio fue el de librero. Llamó a su establecimiento Librería Pérez. Utilizó su talento para memorizar cada rincón de su tienda y cada estante y para conocer qué había en cada una de sus baldas. Sorprendentemente sabía la posición de cada libro o de cada artículo de papelería y siempre entregaba a cada cliente aquello que le pedía.

Pensamos que la ceguera le había separado de su afición, la lectura. Nada más lejos de la realidad. Un día de visita en casa y tras soltar uno de sus latinajos me dijo: “Chuli ¿sabías que sigo leyendo?”. Me sorprendió. Después me enseñó su reloj al que activó para que me hablara y me habló de los “libros hablados” y de toda esa cacharrería parlante de la que hace unos días nos hablaba Vicente en su casa.
Mi tío murió hace un par de años, pero la voz sintetizada del ordenador de Vicente me ha traído su recuerdo y el de mi abuela.